domingo, 25 de febrero de 2007

¿Qué es la Conciencia? John Henry Newman



Aragón Liberal Ley Divina es, por tanto, la regla de la verdad ética, la medida del bien y el mal, la autoridad soberana irreversible y absoluta para hombres y án­geles. «La Ley Eterna» dice San Agustín. Y está impresa en todo hombre. Basta que quiera escucharla.


25/02/07



La Conciencia en www.aragonliberal.es

“Parece, pues, que hay casas extremos en que la conciencia puede entrar en conflicto con la palabra de un Papa, y hay que seguirla a pesar de la palabra del Papa. Deseo ahora situar esta proposición de un modo más ge­neral aplicable a todos los católicos, y para hacerlo debo empezar con el Creador y su Criatura.



El Ser Supremo es lo que en lenguaje humano llama­mos un ser ético. La justicia, la verdad, sabiduría santi­dad, benevolencia y la misericordia son características eternas de su naturaleza, y la Ley de Su Ser; Ley que es idéntica a Él Mismo Cuando se hizo Creador, implantó esta Ley —que es Él mismo- en la inteligencia de sus criaturas racionales. La Ley Divina es, por tanto, la regla de la verdad ética, la medida del bien y el mal, la autoridad soberana irreversible y absoluta para hombres y án­geles. «La Ley Eterna» dice San Agustín «es la Razón Divina o, también, Voluntad de Dios que obliga a la ob­servancia y prohíbe la perturbación del orden natural de las cosas». «La Ley Natural» dice santo Tomás «es una impresión de la luz divina en nosotros, una Participación de la Ley Eterna en la criatura racional». Esta ley en tanto que aprehendida por la mente de cada hombre, se llama Conciencia; y aunque puede sufrir deformación al pasar al medio intelectual de cada uno, no se ve afectada hasta tal punto que pierda su carácter de Ley Divina sino que conserva, como tal, la prerrogativa de ser obedecida [...]



Esta visión de la conciencia, lo sé, es muy diferente de la que ordinariamente se tiene, tanto en la ciencia / como en la literatura y la opinión pública hoy día; se funda en la doctrina de que la Conciencia es la Voz de Dios, mientras que hoy día está muy de moda conside­rarla, de un modo u otro, como una creación del hom­bre.[....]



Así es al menos como entiendo yo la doctrina protes­tante y la católica. La regla y medida del deber no es ni la utilidad, ni la conveniencia personal, ni la felicidad de la mayoría ni la conveniencia del Estado, ni el bienestar, or­den y pulchrum. La Conciencia no es una especie de egoísmo previsor ni un deseo de ser coherente con uno mismo; es un Mensajero de Dios que tanto en la naturaleza como en la gracia nos habla desde detrás de un velo y nos enseña y rige mediante sus representantes. La conciencia es el más genuino Vicario de Cristo, un profeta en sus mensajes, con autoridad perentoria como la de un Rey; un Sumo Sacerdote en sus bendiciones y en sus anatemas. Auque el eterno sacerdocio dejara de existir en la Iglesia, en la conciencia permanecería el principio sacerdotal y en ella tendría su poder. Afirmaciones como estas no son más que hueca charlatanería para el gran mundo de la filosofía de hoy”. [Pg 74]